Todos, en mayor o menor medida, somos responsables de aquello que nos hace daño, de lo que nos perjudica, de lo que nos hace infelices.

La tentación es siempre la de mirar hacia fuera, de mirar a los demás, de buscar siempre culpas ajenas. Y a esto hay que añadir el miedo al cambio, a salir de nuestra zona de confort y seguridad. Pero hay algo que, además, nos corresponde comprender y es que no tenemos el control de todo. Una de las fantasías más dañinas es la de creer que tenemos el control de las cosas o personas que nos rodean.

Cambios sociales o económicos globales escapan a nuestro control, las conductas de los demás escapan a nuestro control, el que nos sobrevenga una enfermedad de repente escapa a nuestro control, que la empresa en donde trabajamos cierre y nos despidan escapa a nuestro control, y, así, la lista podemos ampliarla hasta donde queramos. Pero nos reconforta la sensación de que tenemos todo bajo control. Esta ilusión nos proporciona seguridad y nos aleja del miedo a lo que desconocemos, nos aleja del miedo al cambio. Nos gusta suponer que el futuro se adaptará a lo que ya conocemos y sabemos, más o menos, gestionar. Pero cuando la realidad se muestra en situaciones que escapan a nuestro control, es cuando necesitamos la capacidad de adaptación.

Biólogos y antropólogos afirman que el éxito de la humanidad como especie ha residido en su capacidad de adaptación y que el desarrollo de su inteligencia tiene mucho que ver con esa habilidad adaptativa. Para muchos, eso significa que el ser humano tiene, de modo innato, esta capacidad natural. Pero todos tenemos, en contra, condicionantes culturales y sociales, inercias y rutinas, espacios de confort ya instalados que, en muchas ocasiones, se convierten en obstáculos que convertimos en insalvables.

 

CONSEJOS

He aquí algunos de los consejos más comunes y sencillos, que no fáciles, que pueden convertirse en herramientas útiles de comprensión:

  • Buscar e identificar las fuentes del propio malestar, conflicto interior o infelicidad. Cuando tenemos un malestar o un dolor sabemos de dónde viene: del estómago, de una muela, de la cabeza… Esto es válido para el malestar anímico y no se puede abordar ningún problema si se desconoce su origen; así mismo, es importante actuar antes de que el malestar se convierta en infelicidad.
  • Saber en qué medida formamos parte del problema. Si uno es capaz de ser medianamente sincero consigo mismo, debe de saber qué parte de responsabilidad tiene con respecto a cualquier problema o conflicto que padezca. Es decir, hasta que punto uno mismo forma parte del problema. Solo sabiendo esto, puede empezar la solución.
  • Buscar e identificar las fuentes del propio bienestar, paz interior o felicidad. Del mismo modo, una persona debe de reconocer y buscar qué es aquello que le proporciona bienestar auténtico y paz interior. Solo con ellas el posible después encontrar la felicidad que, no lo olvide, es un estado interior, la mayoría de las veces, independiente de los entornos exteriores. Busque e identifique sus propias fuentes de bienestar y paz.
  • Saber en qué medida formamos parte de la solución. Recuerde que usted siempre forma parte fundamental de la solución. Coraje, constancia, comprensión, propósito definido, positividad y paciencia son actitudes y aptitudes reconocidas y testadas como válidas y verdaderas a la hora de enfrentar cualquier problema y que nos posibilitan superarlo encontrando, además, una enseñanza que nos será muy útil para el futuro. Usted es la principal herramienta del cambio y, como dijo Einstein: “si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.